viernes, 23 de mayo de 2014

LA MADRE DE LOS BIENVENIDA


Las quince primaveras de aquella flor andaluza que el señor Jiménez trasplantó a Madrid cuando vino de Sevilla, buscando mayor espacio a su arte de tallista excepcional, eran los quince años más bonitos que se veían por la capital de España. Carmencita no lo sabia, y por ello era auténtica la femenina gracia de aquella flor andaluza, que llenaba de encanto y finura el taller del artista andaluz. 
 
Por el taller del tallista iba a menudo un mozo que había sido torero. Iba hacia arriba cuando el 10 de julio de 1910 un toro de Trespalacios le cerró el camino. Bienvenida se «encerró» en el ruedo de Madrid con seis bichos para él sólo. El tercero. Viajero, número 13, cárdeno chorreado, le cogió al pretender dar el primer muletazo. Manuel Mejías fué el primer torero que dió el pase de la muerte; quiso introducir en tal suerte una variante: darla el muletazo sólo con la izquierda. La cogida fué terrible. Pasados los primeros días de extrema gravedad, los médicos dictaminaron que Manuel Mejias quedaría cojo. No se resignaba el que fué gran torero. En Barcelona le vió el doctor Raventos. Luego, los doctores Ortiz de la Torre y Goyanes. No había esperanza. Fué a Cartagena, atraído por la fama del doctor Maestre. Las palabras del doctor Maestre le llenaron de tristeza: “Usted sólo podrá vestir el traje de luces para retratarse”.

Manuel Mejias no tenía más consuelo que el que podía proporcionarle su amigo el tallista sevillano. ¿El tallista? Se dió cuenta de que la charla del tallista era un sedante para él, pero que lo que realmente llenaba de luz su vida era la belleza de Carmencita Jiménez. Y le dijo que la quería. Y ella respondió con una sonrisa que era la explosión de toda la gracia de sus quince años.

El que había sido torero quiso volver a los ruedos. Se puso en manos del doctor Decref. Doctor y torero convinieron comenzar la tarea. El mozo estaría en tratamiento durante cinco meses. Si al cabo de este tiempo no curaba, el doctor no le presentaría factura. Si quedaba útil para el toreo, Manuel Mejías pagana al doctor Decref lo que éste juzgara oportuno. Carmencita Jiménez deseaba, en secreto, que su novio no pudiera volver a torear.
Carmen tenía dieciséis años cuando casó con Manuel Mejías, que había cumplido veintiséis. Manuel volvió a ser torero.

Carmen Jiménez no había visto nunca torear a su marido. Una tarde, Manuel Mejias hizo que su mujer, con sus pequeños Manolo y Pepe, fuera a la placita de Cara-­Ancha a pasar un rato. Con engaños, la colocó en un palquito al que se subía por una ecalera de madera, y con Carmen subieron Manolo y Pepe. Quitó Bienvenida la escalera y dió suelta a un becerro de Villamarta que había comprado para que su mujer le viera torear. ¡Y cómo toreó y mató “el Papa Negro”! Pero Carmen había vuelto la cabeza tan pronto como el becerro apareció en la placita y no había visto nada. Doña Carmen Jiménez no ha visto nunca torear a su marido ni a sus hijos. Mientras su marido se hallaba en la Plaza, ella pasaba las horas rezando. En cierta ocasión salió de su casa «el Papa Negro» para torear una corrida de la Prensa en Sevilla. Ella quedó con sus tres hijos y su angustia, pidiendo a Jesús por su marido. Minutos antes de la hora anunciada para la corrida comenzó a diluviar. Se suspendió el festejo. Bienvenida, de vuelta a su hogar, encontró a su esposa orando. Extrañó ella el rápido regreso de su marido, y éste explicó que se había suspendido la fiesta por lluvia. Tan concentrada estaba ella en aquel momento que, sin darse, cuenta de lo que decía, preguntó: “Pero, ¿es que cuando llueve no embisten los toros?”.

Ahora don Manuel Mejias apodera a sus hijos. Es corriente adquirir compromisos con empresarios de provincias por teléfono. Siempre que don Manuel tiene alguna conferencia con estos empresarios, doña Carmen pregunta a su marido, con la esperanza de acertar: “No os habéis arreglado, ¿verdad?”.

Cuando sus hijos torean en Madrid, doña Carmen Jiménez, con su hija Carmen Pilar, pasa parte de la mañana preparando los alimentos que aquellos han de tomar. Antes de que los muchachos se vistan de toreros, la madre y la hermana entran en la capilla de su casa, en la que hay una magnifica imagen de Jesús del Gran Poder, otra de la Virgen del Pilar y otras de Nuestra Señora. Los hijos se despiden con un beso. La madre con otro y este deseo: “Hijo mío: Que el Señor y la Virgen te acompañen”. Se arrodilla, reza y espera. A medida que van siendo arrastrados los toros, desde la Plaza alguien llama por teléfono a casa de don Manuel Mejias. Carmen Pilar recibe la noticia: “Sin novedad”. Y madre e hija siguen pidiendo con todo fervor por los tuyos.

Si los muchachos torean fuera, llaman a su madre tan pronto llegan a su punto de destino, le dan pormenores del viaje y le dicen a la hora exacta en que da comienzo la corrida. Ella permanecerá con su hija en el oratorio hasta que sus mismos hijos, sin perder tiempo en quitarse el traje de luces, le digan que todo fue bien.

Doña Carmen Jiménez, madre de diez hijos a los que ella crió y cuidó, ha pasado muchas horas de feroz angustia. Tres de sus hijos murieron siendo niños. Dos —Rafaelito y Manolo—, cuando ya la madre los creía para ella. Ahora, doña Carmen emplea gran parte de sus horas en cumplir las promesas que hace por sus hijos.

--No acabará nunca de cumplir esas promesas —dice don Manuel Mejías—. Imagínese usted que se ha impuesto la obligación de compensar con un mes de privaciones, cada dia que pierde, aunque sea por enfermedad, en el cumplimiento de sus promesas.
 
Todos los años hace un viaje a Zaragoza para orar en el Pilar. Va en tercera, sin cruzar la palabra con nadie durante el viaje, y se hospeda en una pensión. Calcula luego lo que le hubiera costado el viaje hecho con toda clase de comodidades y la diferencia la da en limosnas. 

Doña Carmen Jiménez, que no quiso ver torear a su marido, no ha querido tampoco ver torear a sus hijos. El  año pasado Álvaro Domecq rejoneó tres sobreros en la Plaza de Madrid, a puerta cerrada. Quería ver torear a caballo a Domecq y fué a la Plaza. Domecq rejoneó al primero, y cuando lo creyó oportuno invitó a Angel Luis a que matara. Doña Carmen volvió la cabeza para no ver, y disimuladamente salió sin querer ver más. 

Si alguna vez veis de cerca vestido de torero a alguno de los hermanos Bienvenida poned atención en la camisa de torear, esa maravillosa camisa de torear, la ha hecho la madre del torero.

 

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